Entre secuestros, sicariato, guerrilla,
paramilitares y narcotráfico no hay paz en el Táchira. A eso
hay que sumar numerosas acusaciones de presuntos excesos
policiales y de participación de agentes en situaciones
irregulares.
GUSTAVO AZOCAR
ESPECIAL PARA EL UNIVERSAL
La participación de algunos funcionarios policiales en los crímenes
que se han cometido en el Táchira acaba de quedar comprobada
con la decisión adoptada el pasado 10 de junio de 2005 por el
Tribunal Octavo de Control de la región, que decretó privación
de libertad para seis efectivos del Cuerpo de Investigaciones
Científicas, Penales y Criminalísticas, por su presunta
participación en la misteriosa desaparición de tres jóvenes
tachirenses.
La información la suministraron Clara Ocampo de Moros, Ana
Contreras de Bermúdez y Yoly Esperanza Contreras de Ramírez,
madre, suegra y esposa de los tres jóvenes que desaparecidos
desde el 15 de mayo de 2004, luego de haber sido interceptados
por una comisión del Cicpc que los detuvo a bordo de un taxi
en la entrada de San Cristóbal.
Según la versión aportada por los familiares, Francisco
Moros, William Contreras y Carlos Argenis Cañas regresaban de
la población de El Nula el sábado 15 de mayo de 2004. Junto
a ellos viajaba el sargento de la GN Carlos Luis Rodríguez
Eraso, quien les pagó para que le hicieran una "carrerita"
desde aquella población apureña hasta San Cristóbal. Los
cuatro hombres viajaban a bordo de un vehículo Malibú,
placas AP-066284, cuando fueron interceptados por cinco automóviles
en los que se encontraba una docena de funcionarios del Cicpc.
Moros, de 26 años; Contreras, de 25 y Cañas, de 24, junto
al sargento Rodríguez Eraso, fueron conducidos a la sede del
Cicpc en San Cristóbal donde fueron sometidos a intensos
interrogatorios, maltratos y vejaciones de todo tipo. El
sargento Rodríguez mostró sus credenciales y los policías
lo dejaron ir con la condición de que no podía decir nada a
nadie. Los otros tres hombres quedaron detenidos.
Desde ese día, cuenta Ana Contreras de Bermúdez, nunca más
se supo del paradero de los tres jóvenes. De no haber sido
por el testimonio del sargento Rodríguez Eraso, la desaparición
de los muchachos habría quedado en el más completo misterio.
Por fortuna, Rodríguez Eraso decidió hablar. Le contó a sus
superiores lo que había ocurrido, y éstos lo autorizaron
para que denunciara los hechos ante las autoridades. Sin
embargo, nadie sabe que pasó con los muchachos. Las
autoridades los han declarado como desaparecidos, porque no se
han encontrado evidencias de que están vivos ni de que están
muertos.
El Ministerio Público, a través de la abogada Marelvys
Mejías, llevó a cabo la investigación. El testimonio del
sargento Carlos Luis Rodríguez Eraso fue tan contundente que
el juez octavo de control, Jorge Ochoa Arroyave, dictó el
pasado 10 de junio _un año después_ medida de privación de
libertad contra los funcionarios del Cicpc Rubén Darío
Moreno, César Ramón Muñoz Morales, Deimar E. Bautista
Zambrano, José A. Parra Villalta, Luis Emilio Aguilera Alzuru
y Richard Alvarado Canache.
Los seis efectivos del Cicpc están siendo juzgados por el
delito de "desaparición forzosa de personas". Las
autoridades pudieran juzgarlos por homicidio, pero tendrían
que conseguir primero la prueba del delito, es decir, los
cuerpos de los tres jóvenes taxistas. Los familiares de los
tres desaparecidos están solicitando la inmediata intervención
del Cicpc Táchira y la destitución de todos aquellos
funcionarios incursos en irregularidades.
Amenazas tras extorsión
Héctor González es comerciante. Era propietario de una línea
de taxis en San Cristóbal. Se hizo famoso hace varios meses
porque gracias a su colaboración fueron apresados in fraganti
un fiscal del Ministerio Público y un juez que lo
extorsionaban y que pretendían quitarle 5 mil euros y 30
millones de bolívares.
González denunció al director de la Policía del Táchira,
coronel Gabriel Oviedo, y a otros uniformados por intento de
secuestro.
"Varios hombres, entre ellos algunos policías,
intentaron atracarme el 23 de enero de 2004. Yo me defendí y
maté a uno de ellos, un joven que, por desgracia, era sobrino
del conductor del coronel Oviedo. Ese policía era cabo
segundo y su apellido, Cabezas. Oviedo le prometió a su
chofer que vengaría la muerte de su sobrino y desde ese día
me ha hecho la vida imposible. Me mantuvo detenido durante 4
meses en un calabozo de castigo, a pesar de que yo estaba
herido".
Denunció también al comisario Fernando Tarazona, Jefe de
la Delegación San Cristóbal de la Dirsop. "Me ha metido
preso cinco veces por presunto porte ilícito de armas. Y todo
porque yo le vendí una camioneta Grand Blazer en 1999 y él
me pagó con una moto robada y un cheque sin fondos por 10
millones de bolívares".
La denuncia de González involucra igualmente al inspector
Omar Enrique Chacón. "El está por La Grita, y fue quien
me entregó la moto robada. Este señor fue expulsado hace un
año, pero luego lo reincorporaron a la Dirsop gracias al
comisario Tarazona. Otro de los policías que quería matarme
y que me extorsionaba era Jorge Belandria, quien intentó
secuestrarme en El Valle. A ese tipo le di dos tiros en una
pierna. Lo denuncié en Fiscalía y apareció muerto cinco o
seis meses después".
De Mérida vino la muerte
Joseph Alfredo Duque Camargo tenía 15 años de edad. Era
estudiante de noveno año en la Escuela Básica Táchira y
residía en la urbanización San Francisco, en San Cristóbal.
Gerardo Duque, su hermano, contó que el domingo 8 de mayo,
Día de la Madre, Joseph compartía junto con otros amigos
cerca de su casa. Aproximadamente a las 4:45 de la tarde,
apareció en la urbanización una camioneta Silverado, color
verde, placas 246-LAB, en cuyo interior viajaban dos hombres y
dos mujeres.
Uno de los hombres empezó a disparar a una pareja de
motorizados que se desplazaba por la zona. "El sujeto
disparó muchas veces contra los motorizados, pero no pudo
darles y se escaparon. Un vecino, que es militar, sacó su
arma de reglamento, apuntó al otro hombre que estaba en la
camioneta y éste se identificó como miembro del Cicpc".
Duque continúa contando su historia: "El que estaba
persiguiendo a los motorizados, al ver que ya no podía darles
captura, se volteó hacia donde estábamos los vecinos y nos
disparó, pegándole un tiro a mi hermano, quien cayó tendido.
Después de matarlo, se marchó como si nada. Los vecinos
rodearon la camioneta para impedir que se fueran, pero
entonces llegaron varias comisiones del Cicpc y comenzaron a
golpear a la gente, amenazando a los presentes y haciendo
disparos al aire".
Lady Camargo y Gerardo Duque, padres de Joseph Alfredo,
dijeron que "los dos policías no eran de San Cristóbal,
sino de Mérida. Parece ser que no estaban de servicio, sino
de parranda con unas mujeres. ¿Cómo es posible que dos
funcionarios que supuestamente no estaban de servicio, carguen
sus armas de reglamento y anden disparando a diestra y
siniestra? ¿Por qué ese policía disparó contra Joseph si
ya los supuestos ladrones se habían escapado?".
En el calabozo
Pedro Rafael Zambrano, de 42 años, era un trabajador
dedicado al transporte de hortalizas y vegetales en el
Municipio José María Vargas. Su único defecto, según
cuentan sus familiares, era que le gustaba mucho el alcohol.
El lunes 9 de mayo, Zambrano estaba borracho. Los vecinos
llamaron a la policía y fue detenido. Veinticuatro horas
después, Zambrano apareció muerto en el interior de un
calabozo. Según sus familiares, tenía hematomas en todo el
cuerpo. El informe del médico forense decía que murió por
asfixia mecánica.
Su hermana Florenciana Zambrano, asegura que Pedro Rafael
fue asesinado: "Hay testigos que dicen haber escuchado a
un policía decir "ese borracho no me dejó dormir y le
tuve que dar bastantes patadas para que se quedara tranquilo'.
Yo pensé que Pedro había muerto de una borrachera o por un
paro respiratorio, pero no, el informe dice asfixia mecánica
y eso, en términos médicos y legales hace pensar en otra
cosa".
La viuda, Teodora Contreras, sostiene que "su cuerpo
tenía síntomas de haber sido maltratado. Probablemente le
cayeron a golpes. Además, estaba tras las rejas, borracho, y
aún así, lo tenían esposado. Yo creo que a mi esposo me lo
mataron".