“LA
ORDEN ES TRES MUERTOS”
Patricia Torres Uribe
Tal Cual
Izabeth prefería siempre que la dejaran en alguna estación del Metro, pero la
noche del último lunes Leonardo, encomendado al amuleto de su piel, insistió
en llevarla: “Vamos que a los negros no nos roban”.
Había sido un día de exprimir neuronas frente a una prueba parcial de Física
que marcaba el inicio de una semana de exámenes con remate sabatino en Matemáticas.
Algún límite recostado en el infinito o tal vez una integral imposible, consumía
la cháchara de los muchachos cuando a la altura del Bloque 1, en el barrio
Kennedy de la parroquia Macarao, un encapuchado con arma larga en ristre les
cortó el paso: “Acelera, negro, que nos van a atracar”. El Corsa color
arena rodó 200 metros más hasta una alcabala, que sin dar orden de parada
alguna, suelta una ráfaga de tiros que hiere a Elizabeth en la pierna. Había
comenzado la muerte.
“¿Elizabeth, estás bien? ¿Elizabeth, estás herida?”, fue lo primero que
escucharon los vecinos, resguardados en sus casas. Eran las 11:30 pm.
“Entonces nos asomamos a ver qué pasaba y vimos a tres muchachos y una
muchacha junto al carro. Estaban nerviosos, corrían de un lado a otro y pedían
a gritos una ambulancia; ella les decía que estaba herida en la pierna, que no
se podía bajar. No eran de por aquí pero se veía que eran sanos, eran unos
muchachitos”, relata una vecina que observó de frente la escena y pide
reservar su nombre.
No reconocieron que a la que llamaban Elizabeth era La Niña. “Por aquí todo
el mundo la llama así.Si hubiéramos sabido que era la hija de Rosa seguro
salimos y de pronto nos matan a nosotros también”, continúa la vecina. Al
parecer, Elizabeth llamó a su mamá desde un celular y ésta salió a
socorrerla, sin saber que su hija estaba herida. Cuando llega hasta el carro,
los muchachos le dicen lo que pasó y Rosa, entre gritos, les pide que vayan a
su casa, al fondo del callejón, a llamar por teléfono a una ambulancia.
Leonardo, el conductor, se quedó con la madre y las muchachas al costado del
carro mientras Eric y Edgar corrían hacia la vivienda.

Fotos: Illich Otero
1. Edgar Quintero (19 años) y 2. Eric Montenegro (20 años) murieron en el
patio interior del callejón donde se encuentra la casa y la bodega de la
familia de Elizabeth Rosales. 3. El cuerpo de la tercera víctima, Leonardo González
(25 años), cayó frente a las casas 9 y 11, en la vía principal de la terraza
seis de Kennedy, a escasos metros del vehículo que conducía. Nunca hubo voz de
alto.

“Justo ahí llegaron los encapuchados. Eran como 15.Venían a pie, con armas
largas, parecían guerrilleros y sin dar aviso comenzaron a disparar”.
Una parte del grupo policial llegó hasta el carro, y tres tomaron hacia el
callejón, disparando.
“Los muchachos les decían que eran estudiantes, que acababan de presentar un
examen y que venían a traer a una compañera, pero nada, los agarraron y no les
permitieron mostrar las credenciales. Cállense, ratas, era lo único que les
decían”, relata otra vecina, que vive en diagonal a la casa de Rosa.
Según los testimonios recabados en el sector, Eric y Edgar quedaron encerrados
en el patio interno donde acaba el callejón sin oponer ninguna resistencia. Los
agentes los lanzaron al piso, les ataron las manos y les dieron golpes y patadas.
“Se ensañaron con ellos. El blanquito delgadito que después nos enteramos
que se llamaba Eric decía estoy vivo, estoy vivo y le preguntaba a Edgar si
estaba ahí. El fue el que llevó más golpes pero también el que más resistió”,
cuenta la hija de la vecina, que observó agachada los sucesos desde la ventana
de su habitación.
El cuerpo de Eric Montenegro —20 años, 55 kilos, estudiante de tercer
semestre de Ingeniería de Sistemas de la Universidad Santa María, fanático de
las computadoras y a quien llamaban en broma Mister Burns, por su parecido físico
con el jefe de Homero Simpson— ingresó a la morgue de Bello Monte con 10
impactos de bala en el cuerpo.
Eric —recordaban ayer al mediodía sus compañeros en su velorio en la capilla
V del Cementerio del Este— era tan delgado que seguía una dieta especial de
carbohidratos para ganar peso.
Entre el inicio de los tiroteos y la muerte de los muchachos, los vecinos del
sector calculan que debieron pasar 15 minutos. Al principio no podían saber cuántas
eran las víctimas, pero un diálogo les confirmó el parte:
—Hay dos muertos y un herido — dijo una voz.
—Tres muertos —respondió otra, de mando.
—No, pero uno está herido —corrigió la primera.
—Te dije que son tres. Esa es la orden.Tres muertos y punto...
La noche apenas comenzaba.
Llegaron más policías — “eran más de 50” —, todos de la DIM y el
Cicpc, trancaron las calles e ingresaron en algunas viviendas. En una de las
casas del callejón, frente a donde murieron Eric y Edgar, entraron tres
funcionarios, uno muy alto y corpulento con pasamontañas, arma larga y chaqueta
de la DIM, otro del Cicpc con la cabeza rapada y una mujer vestida de verde
olivo, con pantalones con bolsillos a los lados, pelo negro y liso atado a una
cola y la cara regordeta.
“Nos lanzaron al piso de nuestra propia casa, a mí que estoy recién operada
de la columna, a mi hija que está embarazada y a mi yerno. Nos preguntaban
insistentemente qué habíamos visto, y la mujer nos decía que no nos moviéramos
porque no respondían si se les escapaba un tiro”.
Por eso es que ayer insistían en reservar sus nombres.
En la vía principal, los policías mandaban a callar a la madre de Elizabeth,
que suplicaba asistencia médica para su hija. Un poco más tarde llegó un
carro, y se llevaron a las muchachas, y cerca de la 1:30 am, una camioneta
cuatro puertas pick-up, color azul metalizado, sin señas, de esas “bien
bonitas y grandotas” que proliferan ahora por las calles, vino por los cadáveres.
“Sacaron dos del callejón, y al tercero (Leonardo) lo recogieron aquí
enfrente de la casa. Los lanzaron como a unos perros dentro de la cava”.
Lo que siguió luego fue una “operación limpieza y siembra” que se extendió
hasta las 5 de la mañana. Todos los casquillos fueron retirados y los que
quedaron incrustados en las paredes y el piso fueron sacados a martillazos.
“Ya tenemos tres pistolas y falta una”, escuchaban los vecinos, y desde las
ventanas pudieron ver cuando tomaban las fotos de las armas.
Los cuerpos ya no estaban. “En la mañana sólo encontramos los charcos de
sangre”.
Y como llegaron se fueron, sin aviso ni explicaciones. Pero hubo un descuido:
“Verga, en tremendo peo nos metimos. Coño, nos jodimos.
Estamos empaquetados”, se les escapó.